Pequeña adolescencia

Al período que abarca desde los cuatro hasta -con suerte- los cinco años se lo suele llamar «la pequeña adolescencia» y bien podría resumirse a la etapa como un tiempo en que los padres decimos permanentemente «no» ¡y ellos también! Una guía para sobrevivir a una búsqueda de límites y lucha de poderes continua

Rebeldía, desobediencia, apatía, desapego, mal humor. Cualquiera que lea estas cualidades diría que describen a un adolescente hecho y derecho. Sin embargo, así está mi niño de cuatro años. ¿Es un adelantado? No, parece que es lo que en psicología llaman «la pequeña adolescencia», «primera adolescencia» o «mini adolescencia».

Como sea, lo hayas atravesado o no, la descripción habrá sido suficiente para que imagines lo que vivo hace casi un año. Y a días de que Dante cumpla cinco, me atrevo a anunciar que esto no termina acá.

«Los chicos tienen cada vez más claro quién manda y, por supuesto, se opondrán en lo que puedan. Entre los cuatro y los cinco años es una edad en la cual permanentemente estamos diciendo ‘no’, y ellos también. Se trata de una lucha de deseos constante, parecería que tienen un radar para hacer lo que no se puede o para desestimar lo que uno les está diciendo, como si el adulto le hablara a la pared». La claridad con la que la licenciada en Psicología Lorena Ruda se refirió ante mi consulta, casi que confirmó que estoy ante un adolescente ¡de cuatro años! con todo lo que eso implica.

Es que ellos -según siguió Ruda- «están esperando los límites, que los sigamos tratando como niños entendiendo que ellos no deciden todo, aunque participen más de algunas decisiones y elecciones». «Se ponen crueles con los pares, diciendo cosas que hieren», agregó la especialista en maternidad y crianza, para quien «con estas actitudes están poniendo un poco a prueba a la autoridad, interiorizando la figura de autoridad, como para ver quién manda».

«Es muy importante en este momento ser claros con los límites. Si están contestando mal o desubicándose, es importante ubicarlos. Un consejo es siempre ir encontrando la manera más respetuosa así no se arma una batalla campal. Que entiendan que aunque haya cosas que decidan, el adulto es uno. Y esto, aunque no crean los alivia», señaló Ruda. Para ella, «hay que entender sus enojos y dejar que los expresen».

Pequeña adolescencia

Como venimos haciendo desde chiquitos, empatizar con sus emociones y habilitar el enojo parece ser la clave. Eso no quiere decir que se les permitan los insultos, golpes o portazos. ¡Porque hay de todo eso, eh! «Hay que encontrar la manera de contenerlos: lo más importante en esta etapa es que esté bien diferenciado quién es el adulto y marcar bien los encuadres», enfatizó la especialista, que a esta altura ya es mi gurú de vida, y ahondó: «Me refiero, por ejemplo, a marcar reglas de convivencia, y si es necesario escribirlas. Sostenerlas y respetarlas entre todos. Los permitidos y los no permitidos. No le podemos decir que no insulten y el adulto insultar; las normas de la casa son iguales para todos, aunque habrá otras que tienen que estar diferenciadas porque claro hay cosas que son ‘de grandes’ y ‘de chicos'».

«Lo que hay que tener claro es que con nuestros hijos no somos pares y que necesitan que esos roles estén diferenciados. Tratemos de no caer en autoritarismo o abuso de este lugar tan poderoso, tampoco queremos soldados obedientes -consideró Ruda-. Queremos niños que manifiesten sus deseos y que aprendan a manejar sus reacciones, enojos y frustración. Para esto es importante la empatía».

Y tras asegurar que «mucho de cómo uno va manejándose en esta etapa, va a repercutir en cómo se comporten luego en la adolescencia propiamente dicha», la especialista llamó a la calma: «No nos asustemos, no tenemos que ser rígidos y autoritarios, tenemos que ayudar a construir un vínculo de confianza, enseñar a manejarse en sociedad, a respetar normas y reglas y a que crezcan libres conociendo cada vez cuáles son sus deseos». «Sabemos que cuando se oponen a los del otro se genera una batalla. Habrá que ver qué batalla batallar, cuáles límites pueden flexibilizarse y cuáles no», sugirió.

A modo de consejo, Ruda, previno: «A veces sirve tercerizar la ley con frases como ‘al jardín se va con uniforme, lo dice el reglamento no yo’ o ‘en el auto se viaja con butaca, lo dice la ley’. Necesitamos ley, en casa y fuera de ella para que cuando llegue la adolescencia esta ley ya esté internalizada y no haya que estar buscándola transgredido sin límites».

Un buen glosario de palabras clave sería: ley, autoridad, deseos, reglamento, normas. A los que podría sumarse, no sólo en esta si no en todas las etapas de la vida, EMPATÍA. Todos fuimos niños, todos fuimos adolescentes, que el rol (¡y la responsabilidad!) de «criar» no nos haga olvidar de eso.

Ayudarlos a internalizar la ley, la figura de autoridad y demás es el camino. Y entender que es inevitable que no transgredan. ¡No se les habilita, claro, pero se entiende! A veces «hacer la vista gorda», como dice mi madre, puede ser la paz en medio de la tormenta que tanto necesitamos todos.

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