Puerperio: de eso no se habla

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Hay un puerperio clínico, que ocurre durante los días que permanecemos internadas después de dar a luz; uno tardío, que puede durar hasta seis meses y uno psicológico. Por qué es normal que aparezcan emociones negativas en el momento más feliz de tu vida

El estrés del parto quedó atrás, ya estás en la habitación con tu bebé en perfecto estado de salud y se prendió a la teta. El escenario ideal. Sin embargo, cuando cae la noche un llanto desconsolado te brota del pecho sin que puedas hacer nada para calmarlo.

Te dan el alta del sanatorio. Ya estás en tu casa con tu hijo. Se van tus amigas, que habían pasado a conocer al bebé y, de repente, la angustia se apodera de vos. Como si no estuvieras atravesando los días más felices de tu vida.

Pasaron seis meses desde la llegada de tu bebé. Ya volviste a trabajar. En casa todos se adaptaron a tu ausencia y todo marcha sobre ruedas. Una mañana, una compañera te pregunta cómo estás y estallás en llanto. Como si hubieras tenido ese nudo en la garganta esperando la oportunidad de soltarlo.

Pese a que las de arriba son todas situaciones imaginarias, perfectamente podrían haberte pasado a vos -o a mí- durante los primeros meses tras la llegada de un hijo. Es que eso es, ni más ni menos, que el puerperio, ese período en el que las emociones se amontonan, los sentimientos se agolpan, el propio cuerpo nos resulta extraño.

Sí, acabamos de ser mamás y la felicidad nos desborda. Por eso no entendemos por qué de repente nos invade una angustia tan profunda como inexplicable. ¿Estaremos enloqueciendo?

¡No! Estamos puérperas.

«El puerperio comienza inmediatamente luego del nacimiento del bebé. Se divide en puerperio inmediato, que son las primeras 24 horas después del parto, durante el cual es importante vigilar clínicamente la evolución del sangrado uterino normal (loquios) para evitar el riesgo de hemorragia posparto». Así comenzó explicando el doctor Agustín Pasqualini, director médico de Halitus Instituto Médico.

«El puerperio clínico, o tiempo en que se está internado en el hospital o clínica, si no hay complicaciones o situaciones especiales luego de un parto vaginal pueden ser 48 horas y si fue por cesárea, unos tres días -continuó-. Y luego viene el puerperio tardío, período desde la salida del hospital o clínica hasta las seis semanas tras el nacimiento».

Durante este periodo el cuerpo sufre cambios: cambios hormonales, «que tienen el objetivo de reducir el tamaño del útero, ayudando a su contracción para disminuir las pérdidas sanguíneas, y estimular la producción de leche», según detalló el especialista.

«Además, sube la prolactina, la hormona encargada de la producción láctea, y la oxitocina -agregó-. Esta última es la que generó las contracciones uterinas que facilitaron el nacimiento del bebé, y no desaparece tras el parto, sino que sigue presente en el organismo y genera por un lado contracciones del útero que ayudan a que disminuya su tamaño y reduzca el sangrado post parto y además, ayuda a la eyección de la leche cuando el bebé toma el pecho».

Como puntualizó Pasqualini, el útero se contrae, ya que debe volver a su tamaño normal. «Las contracciones uterinas tras el parto a veces pueden ser dolorosas. Son los llamados entuertos. En general se notan más a partir del segundo embarazo, pero hay muchas variaciones individuales: hay mujeres que los sienten con su primer hijo y mujeres con varios que no los aprecian o afirman que apenas perciben un ligero malestar», aseguró.

Y tras detallar que «luego del nacimiento, el útero eliminará los llamados loquios, que no hay que confundir con la menstruación», el especialista profundizó: «Al principio tienen un color rojo intenso porque son producto de la secreción del sitio donde se encontraba la placenta. Pero a medida que pasan los días, se vuelven de una tonalidad más clara y a los 15 o 20 días prácticamente es una secreción blancuzca y suelen desaparecer a las tres semanas».

«Políticamente incorrecto»
La licenciada Patricia Martínez (MN 24.411) es psicóloga de Halitus Instituto Médico y consideró que «el puerperio es un período del cual no se habla demasiado, porque es políticamente incorrecto. Desde lo psicológico es el momento de aparición de emociones negativas, como la angustia, el miedo y la ansiedad. Todos los fantasmas relacionados con no llegar a ser una buena madre se activan en este momento».

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Frente al niño recién nacido y sobre todo si es el primero, la aparición de la autocrítica puede ser muy feroz, en algunos casos inhabilitando el vínculo madre-hijo.

A partir de la tercera-cuarta semana, es decir a partir del primer mes de vida del niño, se desarrolla lo que se conoce como puerperio tardío. Según la psicóloga, «este es un período caracterizado, no tanto por los cambios físicos, sino más bien por los efectos a nivel psicológico del llamado ‘destete’. El destete o tercera fase del puerperio es un período caracterizado por sentimientos angustiosos en mayor o menor medida, relativos a la separación de la madre respecto del hijo».

En ese sentido, Martínez destacó que «el puerperio psicológico no se toma como un período de tiempo, sino como una constelación de emociones relacionadas con el apego y separación del niño y su madre».

«Si bien resulta difícil introducir en la algarabía y en la atmósfera feliz que conlleva un nacimiento la otra cara de la realidad que implica la maternidad, es realmente saludable y recomendable preparar a los futuros padres para este momento«, destacó la especialista, quien remarcó que «el puerperio se puede atravesar sin mayores inconvenientes si tenemos la información adecuada y nos preparamos para esto».

Consultada sobre por qué está mal visto que una mujer se entristezca luego de dar a luz, Martínez fue clarita: «Estamos inmersos dentro de una ‘cultura adicta’ a los estereotipos. Una mujer debe trabajar, ser independiente, exitosa, linda, abrazar la maternidad con alegría y entusiasmo y además… ¡debe ser relajada!».

La llegada de un niño que es deseado implica la realización de un deseo y conlleva entonces, mucha felicidad para los padres. Paralelamente, se van desarrollando preocupaciones relacionadas con la maternidad bajo la forma de «voces» o mandatos que provienen de fantasías persecutorias originadas en el vínculo de la madre con su propia madre. «Son fantasías y temores relacionados con la crianza, con el no poder captar y responder ante las necesidades del niño», refirió la especialista, quien destacó que «el cachorro humano es vulnerable e incapaz de sobrevivir sin la atención del adulto, la madre no debe ser ni buena ni muy buena, sino suficientemente buena».

Según el pediatra y psicoanalista inglés David Winnicott, «una madre suficientemente buena es aquella que es capaz de dar cabida al desarrollo del verdadero Yo del niño…interpretar su necesidad y devolvérsela como gratificación».

Siguiendo este concepto, «una madre suficientemente buena es una madre atenta, como vemos no tiene que ver con ninguna excelencia, es nada más ni nada menos que una madre que puede mirar a su hijo y verlo a él y solo a él en ese acto.

Y acerca de cómo se arma una dinámica familiar donde se pueda balancear la felicidad con la sensación de agobio y estrés, la especialista apuntó: «Siempre se sugiere a las familias primerizas que no duden en pedir ayuda. Muchas madres siguiendo ciertos mandatos sociales exitistas se resisten a pedir ayuda y pasan por alto, agotadas por las extenuantes jornadas del recién nacido, signos y registros de sus hijos que son únicos y fundamentales en la construcción del vínculo».

Y tras asegurar que «una madre puérpera necesita ser maternada, necesita que se ocupen de ella, que la asistan, física y emocionalmente para que ella pueda estar atenta a las necesidades de su hijo», concluyó: «En la familia no debe estar TODO BIEN, no debemos ser padres perfectos, ni actuar según nuestras idealizaciones infantiles. Vivir sujetos al ideal de perfección puede ser peligroso en la crianza dado que nos quita la espontaneidad y el gozar del placer de atender a nuestro hijo».

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